
¿Por qué empezar a retratar paisajes en un mundo que ya está inundado de imágenes?
Precisamente por eso. Porque la mayoría de las imágenes que inundan el mundo hoy están diseñadas para durar tres segundos en una pantalla antes de ser olvidadas por el siguiente movimiento del dedo. Nacen de la prisa y mueren en la prisa.
Mi fotografía no pretende competir con ese ruido ni sumarse al catálogo del consumo inmediato. Elijo retratar estos paisajes, la costa , la bruma del bosque, la biodiversidad que resiste en el anonimato, porque el territorio exige un ritmo distinto, el del mundo real. Para mí, levantar la cámara no es un acto de captura; es la consecuencia de haberme sentado primero a escuchar, a observar y sentir. Es dejar constancia de que hay lugares, historias y personas que merecen ser mirados con calma, paciencia y el respeto que solo el tiempo sabe entregar.
¿Qué buscas al levantar la cámara frente al territorio?
Significa entender que no soy el protagonista, sino un observador que pide permiso. «Conversar» con el entorno es un acto de renuncia: renuncio a la prisa, al ego de la captura inmediata y a la necesidad de controlar la escena. Es obligarme a apagar el ruido mental para sintonizar con el pulso real del territorio en Mapulahual.
Para mí, no se puede retratar la honestidad del lafken o la densidad de la mawiza si antes no has dejado que el frío te cale los huesos, que el sonido del mar marque tu ritmo respiratorio y que la luz te dicte cuándo es el momento. No busco «hacer» una foto; busco que la imagen sea la consecuencia inevitable de haberme quedado en silencio el tiempo suficiente hasta encontrar el momento de hacer el click.
Si tu filosofía fotográfica se tuviera que resumir en movimiento y sonido, ¿cómo se vería?
El sonido crudo del mar, el viento entre los arboles, el canto y el vuelo de las aves y el lafken chocando contra las rocas.